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EL TECHO DEL MUNDO ESTABA AHÍ

El techo del mundo estaba ahí, bastaba dejar de hacer para poder verlo.
Es noticia de estos días que la cordillera del Himalaya ahora es visible en lugares desde los cuales, poco tiempo atrás, no lo era.

Y viajaba con esa noticia… pensando en aquel viaje a Nepal.

Evocando alguna imagen viva de cuando estuve allí, de pie, en contacto con los Himalayas, conmovida ante la inmensa gratitud de recibir una brisa de ese mundo de banderines sagrados que me acercaban aquellos aires, hasta entonces lejanos.

Hoy, varios años después, me volvía a invitar a habitar esas danzas internas estimuladas por los elementos del espacio. Esta vez, desde casa.

Y observaba el paralelismo.

El techo del mundo se hace visible a mayor distancia por la disminución de la contaminación en el aire producto del confinamiento, obra de nuestros modos de ser-hacer-deshacer. De algún modo, lo lejano se vuelve cercano.

Y también percibía esa relación con lo cercano, solo que esta vez, más cerca.

Pensando en esa conectividad, en esa relación que ya es – entre lo que está cerca y aquello que pareciera no estarlo -, observaba ese viaje celular donde aún con cierre de fronteras mediante, confinamiento y tanto más, sigue siendo.

Estamos conectados.

Y me preguntaba, ¿de qué modo estába siendo el contacto entre nosotr@s y en relación con el ambiente antes de que los picos se vean?

Es un hecho, los picos ya se ven a mayor distancia.

Lo que me pregunto ahora es si esta mayor distancia entre nosotr@s, esta invitación a deshacer el modo vincular que fuimos componiendo, también se dejará ver, de tal modo que podamos – ¿queramos? – vernos.

– Quimey

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